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Después de mi aborto en 1969, estaba tan llena de arrepentimiento, remordimiento y auto recriminación que perdí el apetito, me volví anoréxica y casi me muero de hambre. Cuando mi peso disminuyó por debajo de las 80 libras -unos 36 kilos- y comencé a sufrir una afección cardiaca potencialmente fatal (¡a los 20 años!), fui hospitalizada. Pasé 32 semanas en una unidad psiquiátrica de un hospital donde tuve una serie de tratamientos de choque y aprendí a apreciar la anestesia emocional que producen ciertas drogas sólo disponibles con receta. Al salir de la unidad empecé a abusar de las drogas, después del alcohol. Pasaron varios años en este estado, fui tratada por sobredosis de drogas e intenté el suicidio dos veces. Me casé pero estaba tan enferma emocionalmente, que no podía mantener una relación y, en consecuencia, mi marido me abandonó después de un sólo mes de matrimonio.
Era evidente que a menos que hubiera una fuerza sobrenatural que pudiera ordenar mi vida mejor que yo misma, mi vida nunca sería digna de vivirse. Había probado en vano la astrología y otros fenómenos ocultos. Finalmente, en completa desesperación, recurrí a Dios. En las tempranas horas de una mañana que siguió a una noche angustiada, me arrodillé y exclamé, "¡Si hay un Dios y si siente cariño por mí, le suplico que haga algo para aliviar mi dolor y enderezar mi vida!". Lo que siguió fue un milagro. En mi interior comencé a sentir el alivio, como el frescor que un niño con fiebre siente cuando su madre le lava su frente con un paño fresco. De algún modo, sabía que mi vida iba a ser diferente a partir de este momento.
Y lo fue. Mi matrimonio fue restaurado por Dios y ahora, casi 10 años más tarde, es fuerte y feliz. Tengo tres hermosos hijos y una vida productiva y equilibrada.
Jesús recogió los pedazos de mi vida y los volvió a juntar otra vez. Algunas veces aún me apeno por mi hijo abortado. Me preguntó qué habría sido él (o de ella) y siento dolor por haberme negado a mí misma la alegría de criarle. Pero sé una cosa con toda seguridad: algún día, cuando llegue al cielo para estar con Jesús, allí me encontraré también con mi hijo.
Tú también puedes tener esa seguridad ahora mismo. Si reconoces a Jesús como tu Salvador, Curador y Amigo, ora con tus propias palabras una oración de arrepentimiento y aceptación, u oras la siguiente oración:
"Padre, acudo a Ti ahora, a confesar mis pecados. Señor, cuando busqué mi propio camino y viví según mis propias reglas no encontré más que muerte y tormento para mi hijo y para mí misma. Perdóname.
Te doy gracias de que estuvieras dispuesto a entregar a Tu Hijo a morir en la Cruz para redimirme. Acepto Su gran sacrificio por mí. Padre, deposito a tus pies todos mis sentimientos de culpabilidad, pena, remordimiento y arrepentimiento. Purifícame y cúrame por la sangre de Tu querido Hijo.
Hoy es el primer día de mi nueva vida…una vida que encomiendo a Ti. Enséñame a vivir según tu voluntad. En el nombre de Jesús, Amen.
Nota: Tomado del folleto "Surviving abortion" de la organización WEBA (Women Exploited by abortion - Mujeres explotadas por el aborto).
Fuente: vidanuevaparaelmundo.org.mx