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MI PROPIA CULPA Aunque anteriormente ya había descubierto que la palabra de Dios es absoluta, todavía experimentaba la agonía de sostener que la Iglesia Católica Romana era recipiente de más autoridad que la Palabra de Dios, hasta en los aspectos donde la Iglesia de Roma hablaba en contra de lo que dice la Biblia. ¿Cómo podría ser esto? En primer lugar, era mi propia culpa. Si yo hubiera aceptado la autoridad de la Biblia como suprema, la Palabra de Dios me habría convencido de que renunciara a mi cargo sacerdotal como mediador; pero esto era demasiado preciado para mí.. Segundo, nadie jamás cuestionaba mis acciones como sacerdote. Visitantes de ultramar venían a misa, veían nuestros aceites sagrados, el agua bendita, las medallas, imágenes, vestimentas, rituales, pero nunca decían una palabra. Este estilo maravilloso, el simbolismo, la música, y el gusto artístico de la Iglesia Católica es muy cautivante. El incienso no sólo tiene un fuerte aroma, sino que también infunde misterio a la mente. 
EL PUNTO DECISIVO Cierto día, una señora me desafió con estas palabras: “Ustedes, los católicos romanos tienen apariencia de piedad, pero niegan su poder”.. Esta fue la única cristiana que me enfrentó en todos mis 22 años de sacerdocio. Esas palabras me molestaron por algún tiempo porque las luces, los banderines, la música de la gente, las guitarras y los tambores me gustaban mucho. Probablemente ningún otro sacerdote en la isla de Trinidad tenía sotanas, vestimentas y adornos tan coloridos como los que tenía yo. Era evidente que yo no deseaba renunciar a esta “apariencia de piedad”. Así pues, por esas razones no quería poner en vigor lo que me revelaban mis ojos. En octubre de 1985, la gracia de Dios se sobrepuso a la mentira que yo estaba tratando de vivir. Me fui a la isla de Barbados para enfrentar en oración la duplicidad en que me había forzado a vivir. Me sentía realmente atrapado. La Palabra de Dios, en verdad, es absoluta. Sólo debo obedecerle a ella. No obstante, a ese mismísimo Dios le había jurado obediencia a la autoridad suprema de la Iglesia Católica. En Barbados pude leer un libro donde se explicaba el significado bíblico de “Iglesia” como “la hermandad de creyentes”. Tenía comentarios sobre el muy conocido texto que se encuentra en Mateo 16:18, donde el Señor Jesucristo declara “... yo edificaré mi iglesia...” En el propio lenguaje de Jesús, la palabra iglesia es edah, que significa “hermandad”. Yo siempre había entendido que la palabra “iglesia” significaba “la autoridad suprema para enseñar sobre todo asunto de fe y moral”. En el Nuevo Testamento no hay indicio alguno de una jerarquía, mucho menos de un “clero”, que se enseñorea sobre el “laicado”. Más bien, era como el Señor lo había declarado en persona “... porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos” (Mateo 23:8). Ahora que veía y comprendía el significado de la palabra iglesia como “hermandad”, esto me dio la libertad que necesitaba para desprenderme de la Iglesia Católica como la autoridad suprema y colocar mi dependencia en las Sagradas Escrituras y en Jesucristo como Señor. Al fin me di cuenta de que en términos bíblicos, los obispos de la Iglesia Católica que yo conocía no eran creyentes en la Biblia. La mayoría eran hombres piadosos dados a la devoción a la virgen María, al Rosario, y eran leales a Roma. Pero ninguno tenía idea de la obra completa de salvación que Cristo consumó en la cruz del Calvario; que la salvación es personal y completa. Todos predicaban penitencia para el pecado, sufrimiento humano, obras religiosas, “el camino del hombre” en lugar del evangelio de la gracia. Pero por la misericordia de Dios, vi que no es por la Iglesia Católica ni por ninguna clase de obras que uno se salva. La Escritura dice: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8, 9). 
UN NUEVO NACIMIENTO A LA EDAD DE 48 AÑOS Abandoné la Iglesia Católica Romana cuando me di cuenta de que no podía vivir la vida cristiana mientras siguiera siendo fiel a la doctrina católica. Cuando me fui de Trinidad en noviembre de 1985, sólo llegué a Barbados. Mientras estaba en la casa de una pareja de ancianos, pedí al Señor un traje y el dinero necesario para llegar a Canadá, puesto que sólo tenía ropa para clima tropical y muy poco dinero personal. Sin que nadie, excepto Dios, supiera de mi situación, el Señor satisfizo ambas necesidades.Desde un país tropical con temperatura de 90 grados Fahrenheit, llegué a la nieve y el hielo del Canadá. Después de un mes en Vancouver, pasé a los Estados Unidos. Al fin podía confiar en que el Señor podía proveer para mis muchas necesidades, puesto que estaba comenzando una nueva vida a la edad de 48 años, prácticamente sin un centavo, sin tarjeta de residencia, sin licencia para manejar un automóvil, sin recomendación alguna, y teniendo sólo al Señor y su Palabra. Pasé seis meses junto con una pareja de creyentes en el rancho que tenían en el estado de Washington. Les expliqué a mis anfitriones que me había separado de la Iglesia Católica, y que había aceptado a Jesucristo y la suficiencia de su Palabra, tal como está escrita en la Biblia. Al compartir esto, usé los vocablos “absolutamente”, “finalmente”, “definitivamente” y “resueltamente”. Pero lejos de estar impresionados por estas palabras, mis nuevos amigos quisieron saber si todavía albergaba dentro de mí alguna amargura o dolor personal. Me ministraron por medio de la oración y una gran compasión, puesto que ellos también habían hecho la misma transición y sabían cuán fácilmente uno puede amargarse en tales circunstancias. Cuatro días después de llegar al hogar de ellos, por la gracia de Dios, empecé a notar en el arrepentimiento el fruto de la salvación. Esto significó, no sólo pedir perdón por los muchos años que pasé desacreditando su mensaje, sino, al mismo tiempo, el aceptar la sanidad donde me sentía profundamente herido. Finalmente, a la edad de 48 años, basado únicamente en la autoridad de la palabra de Dios, y por su sola gracia, acepté personalmente la muerte sustituto ría de Cristo en la cruz. ¡A él solo sea la gloria! Una vez que me recuperé física y espiritualmente mediante la relación con esta pareja cristiana y su familia, el Señor me proveyó una esposa, Lynn, quien era renacida en la fe, amable en su manera, y de mente inteligente. Juntos, nos trasladamos a Atlanta, en el estado de Georgia, donde ambos conseguimos empleo. 
UN VERDADERO MISIONERO CON UN MENSAJE DE VERDAD En el mes de septiembre de 1988, partimos de Atlanta con el fin de servir como misioneros en el Asia. Esto resultó en un año extraordinariamente fructífero en el Señor donde experimentamos el gozo y la paz del Espíritu Santo en maneras que jamás podríamos haber imaginado posible. Hombres y mujeres llegaron a conocer la autoridad de la Biblia y el poder de la muerte y resurrección de Cristo. Me quedé asombrado de la facilidad con que la gracia de Dios se hace eficaz cuando Cristo es presentado únicamente por medio de la Biblia. Esto era un contraste evidente con las telarañas de la tradición de la Iglesia Católica que por 21 años habían nublado mi cargo de misionero en Trinidad; 21 años sin el verdadero mensaje. Para explicar la vida abundante de la que Jesús habló, y de la que yo ahora disfruto, no puedo hallar mejores palabras que las de Romanos 8:1, 2: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. No es sólo que me había librado del sistema de la Iglesia Católica Romana, sino que me había convertido en una nueva criatura en Cristo. Es por la gracia de Dios, y nada más que por su gracia, que he pasado de las obras muertas a una nueva vida. 
UN TESTIMONIO AL EVANGELIO DE LA GRACIA Años atrás, en 1972, algunos cristianos me habían enseñado acerca de la sanidad divina de nuestros cuerpos. Pero cuánto más provechoso hubiera sido que me hubieran explicado acerca de la autoridad con que mis pecados podían ser perdonados, y cómo mi naturaleza pecaminosa podía ser reconciliada con Dios. La Biblia indica claramente que Jesús fue nuestro sustituto en la cruz del Calvario. Nadie puede expresarlo mejor que Isaías 53:5, “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. Esto significa que Jesús llevó sobre sí mismo lo que yo tenía que sufrir por mi pecado. Delante del Padre, deposité mi confianza en Jesús como mi sustituto. El versículo citado fue escrito 750 años antes de la crucifixión de nuestro Señor. Poco después del sacrificio en la cruz, la Biblia declara, “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia, y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Pedro 2:24). (Señor Jesús, declaro que llevaste mis pecados en tu cuerpo. En esto, únicamente, confío). Puesto que nosotros heredamos nuestra naturaleza pecaminosa de Adán, todos hemos pecado y hemos sido destituidos de la gloria de Dios. ¿Cómo podríamos presentarnos delante de un Dios santo-a menos que sea en Cristo-y aceptar que él murió en nuestro lugar cuando nosotros deberíamos haber muerto? Dios es quien nos da fe para nacer de nuevo, haciendo posible que aceptemos a Cristo como nuestro sustituto. Fue Cristo quien pagó el precio de nuestros pecados. El que no tenía pecado, no obstante fue crucificado. ¿Es la fe en este hecho suficiente para salvarnos? Efectivamente. La fe que produce el nuevo nacimiento es suficiente. Esa fe, nacida de Dios, dará como resultado las buenas obras, incluyendo el arrepentimiento: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).Al arrepentirnos, nosotros desechamos, por medio del poder de Dios, nuestro antiguo estilo de vida y los pecados anteriores. Esto no significa que nunca volveremos a pecar, pero sí significa que nuestra posición ante Dios ha cambiado. Somos llamados hijos de Dios, porque en verdad ahora lo somos. Si en la actualidad pecamos, esto crea un problema en nuestra relación con el Padre, y se puede solucionar. Pero no significa que hemos perdido nuestra relación como hijos de Dios en Cristo, puesto que esta posición es irrevocable. En Hebreos 10:10, la Biblia lo expresa en forma maravillosa, “...somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre”. La obra de Cristo en la cruz es suficiente y completa. Cuando usted confía únicamente en este sacrificio consumado, una nueva vida, nacida del Espíritu, pasa a ser suya-usted nace de nuevo.
MI SITUACIÓN ACTUAL Hoy, en 1991, el Señor me ha preparado para el ministerio evangelístico, y me ha ubicado en la zona del noroeste pacífico de los Estados Unidos. Lo que el apóstol Pablo le decía a sus conciudadanos judíos, yo lo digo a mis hermanos católicos: el deseo de mi corazón y mi oración a Dios es que los católicos también se salven. Puedo dar testimonio personal de que son celosos en cuanto a Dios, pero el celo no se basa en la Palabra de Dios sino en la tradición de la Iglesia. Si ustedes entendieran la devoción y la agonía que algunos de nuestros hermanos y hermanas en las Islas Filipinas y Sudamérica han puesto en su religión, entonces comprenderían el llanto de mi corazón. “Señor, danos compasión para entender el dolor y tormento que nuestros hermanos y hermanas experimentan en la búsqueda por complacerte. Cuando comprendamos el dolor dentro del corazón de los católicos, tendremos el deseo de mostrarles las Buenas Nuevas de la obra completa de Cristo en la cruz”. Mi testimonio muestra lo difícil que fue para mí como católico el abandonar la tradición de la Iglesia; pero cuando el Señor demanda esto en su Palabra, tenemos que obedecerle. La “apariencia piadosa” que distingue a la Iglesia Católica Romana ha hecho sobradamente difícil que el católico pueda ver dónde está el verdadero problema. Cada uno de nosotros debe determinar por cuál autoridad hemos de conocer la verdad. La Iglesia Católica Romana alega que sólo por su autoridad se puede conocer la verdad. En sus propias palabras, en la sección 1 del código 212, dice: “Los fieles, conscientes de su propia responsabilidad, están obligados a seguir, por obediencia cristiana, todo lo que los pastores sagrados, como representantes de Cristo, declaran como maestros de la fe o establecen como rectores de la iglesia” (Concilio Vaticano II, Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II, 1983). Sin embargo, según la Santa Biblia, sólo la Palabra de Dios es la autoridad por la cual la verdad puede llegar a conocerse. Fueron las tradiciones inventadas por los hombres las que hicieron que los reformadores exigieran “Sólo la Escritura, sólo mediante la fe, sólo mediante la gracia”.
LA RAZÓN PORQUE COMPARTO MI TESTIMONIO Yo sufrí durante 14 años porque nadie tuvo el valor de hablarme de la verdad. Comparto estas verdades con usted ahora a fin de que pueda conocer el camino de la salvación que Dios nos ha dado. Nuestra falla fundamental como católicos está en creer que de alguna forma podemos responder de nuestra propia cuenta a la ayuda que Dios nos da para estar bien en su presencia. Esta presuposición que muchos de nosotros hemos mantenido por muchos años se define adecuadamente en el Catecismo de la Iglesia Católica (1994) #2021: “Gracia es la ayuda que Dios nos da para responder a nuestra vocación de volvernos sus hijos adoptivos...”Mi oración es que Dios Padre le otorgue la gracia para poder aceptar que Cristo murió en la cruz en su lugar, y que sepa que su sacrificio es suficiente para convertirlo en una nueva criatura en él. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (San Juan 3:16). Con semejante actitud, sin saberlo estábamos respetando una enseñanza que la Biblia continuamente condena. Esa definición de la gracia es una sutil invención del hombre, porque la Biblia consecuentemente declara que la posición correcta del creyente con Dios es “sin obras” (Romanos 4:6), “sin las obras de la ley” (Romanos 3:28), “no por obras” (Efesios 2:9), “pues es don de Dios” (Efesios 2:8). Tratar de hacer que la respuesta del creyente sea parte de su salvación y que considere que la gracia es “una ayuda”, es negar categóricamente la verdad de la Biblia, que declara: “Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia...” (Romanos 11:6). El simple mensaje de la Biblia es que “el don de la justicia” en Cristo Jesús es un regalo, y descansa en el sacrificio omnisuficiente que él consumó en la cruz, “Pues si por la trasgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia” (Romanos 5:17). Por lo tanto, es como Jesucristo lo dijo en persona, él murió en lugar del creyente, “para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Así como cuando declaró, “...esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada...” Pedro proclamó lo mismo, “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios...” (1 Pedro 3:18). La predicación de Pablo se resume al final de 2 Corintios 5:21, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Este hecho, estimado lector, se presenta claramente en la Biblia. Dios ahora ordena que lo aceptemos, “...arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15) El arrepentimiento más difícil para nosotros los católicos intransigentes es cambiar nuestra forma de pensar de “merecer”, “ganar”, “ser bueno lo suficiente” a simplemente aceptar con las manos vacías el don de justicia en Cristo Jesús. Negarse a aceptar lo que Dios manda es el mismo pecado en que incurrieron los judíos religiosos en los días de Pablo: “Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3). Mi peregrinaje de fe me ha llevado a depender solamente en Jesucristo y su Palabra. Si él sólo es su pastor, no necesitará nada más. Le perdonará sus pecados y lo convertirá en una nueva criatura Pídale a Dios que le otorgue la gracia y la fe para aceptar su Palabra. Si usted le pide de todo corazón, él pondrá en usted la voluntad y el propósito de confiar en él. Lo acercará a él mediante su gracia, y hará que comprenda que ha nacido de nuevo, que tiene una nueva vida y un nuevo propósito, porque “lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que nacido del Espíritu, espíritu es” (San Juan 3:6). ¡Gloria al Señor!
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por Richard Peter Bennett.
Fuente: vidanuevaparaelmundo.org.mx