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Algunos niños parecen nacer con una actitud complaciente y sumisa hacia la autoridad externa. De igual manera, existen otros que parecen ser rebeldes desde que nacen. ¿Qué hace la diferencia? He observado a bebés y niños durante varios años, y estoy completamente convencido de que en el momento del nacimiento existe en el niño un temperamento innato que desempeñará un papel a través de toda su vida. Estoy seguro de que la personalidad de los recién nacidos varía muchísimo, aun antes de que empiecen a recibir la influencia de los padres. Cada madre que tiene dos o más hijos afirmará que cada uno de sus niños tenía una personalidad diferente –una forma de ser "distinta"– desde el primer momento. Una de las características de los recién nacidos, tiene que ver con una cualidad que podemos llamar "fuerza de voluntad". Algunos niños parecen nacer con una actitud complaciente y sumisa hacia la autoridad externa. Cuando son pequeños no lloran tan a menudo, duermen toda la noche desde la segunda semana de vida, se sonríen mientras les cambian los pañales, y además no arman un gran escándalo cuando se ha pasado la hora de la comida. Y, por supuesto, no ensucian la ropa cuando vamos camino de la iglesia. Más tarde, cuando ya son un poco mayores, les gusta mantener su habitación limpia y hacer sus tareas escolares, y pueden entretenerse solos durante horas. Existen muy pocos de estos niños súper complacientes. Creo que los hay en algunos hogares, pero no en el mío. De igual manera en que hay niños sumisos, existen otros que parecen ser rebeldes desde que nacen. Llegan al mundo quejándose del calor que hay en la sala de partos, de la incompetencia de las enfermeras y de la manera cómo el administrador del hospital dirige las cosas. Esperan que les sirvan su comida tan pronto como tienen hambre, y exigen cada minuto del tiempo de sus madres. Conforme pasan los meses, la expresión de su voluntad firme se torna más definida y los suaves vientos se convierten en huracán destructor cuando comienzan a caminar. He pensado mucho acerca de estas características de complacencia en unos niños y de rebeldía en otros, y he buscado una ilustración que pudiera explicar la amplia gama de diferentes temperamentos humanos. Encontré una analogía apropiada en una historia que se sitúa en el supermercado. Imagínese que usted camina por el pasillo mientras empuja el carrito de las compras. Le da un pequeño empujón y se desliza suavemente unos cuantos metros hasta que se detiene poco a poco. Usted camina tranquilamente elige sus productos. Hacer compras es una tarea agradable cuando el carrito funciona bien y se lo puede dirigir con un solo dedo. Pero salir de compras no siempre resulta tan agradable. En otra ocasión usted elige un carrito que traicioneramente lo espera tan pronto llega al supermercado, y cuando lo empuja hacia adelante, se tuerce a la izquierda y choca contra un estante lleno de botellas. Decidido a no dejarse dominar por un tonto carrito, usted agarra el aparato fuertemente y trata de mantenerlo en su curso correcto. Pero como si tuviera una mente propia se dirige hacia el estante de los huevos, y luego retrocede y golpea las botellas de leche. Usted trata de hacer las mismas compras del día anterior, que había realizado con tanta facilidad, pero hoy parece que el trabajo es mucho más difícil que nunca. Y termina agotada cuando finalmente conduce el carrito hacia la caja registradora. ¿Puede establecer la relación que esta analogía tiene con los niños? Enfrentemos el asunto: algunos niños tienen las "ruedas torcidas". No desean ir a dónde los dirigimos, pues su propia inclinación los conduce en otra dirección. Además, la madre que empuja el carrito deberá invertir mucho más tiempo y energía que aquella cuyo hijo tiene las "ruedas bien derechas y aceitadas". Y solo las madres de niños que tienen una voluntad firme podrán comprender totalmente el significado de esta ilustración. Existe otro fenómeno que nunca he sido capaz de explicar, referente a las relaciones entre hermanos. Cuando hay dos niños en una familia, es casi seguro que uno será complaciente y el otro rebelde. El niño que tiene una buena disposición es muy simpático. Sonríe dieciséis horas por día, y trata de hacer lo que sus padres desean, ocupado en hacerlos más felices. En realidad necesita los elogios y la aprobación de ellos. Por lo tanto, el deseo de ganar su afecto y aprobación influye grandemente en su personalidad. El otro niño enfrenta la vida desde el lado opuesto. Se niega por completo a hacer lo que sus padres quieren y trata de tener control sobre ellos. ¿Se da cuenta de cómo estas diferencias de temperamento sientan la base para serias rivalidades y resentimientos entre hermanos? El niño rebelde sufre constantemente la disciplina, y tiene que oír amenazas y palabras que lo señalan como tal. Mientras que su angelical hermanito luce su aureola y se deleita en el calor de la aprobación de sus padres. Son lanzados el uno contra el otro por la divergencia de sus personalidades. Y les espera una vida de mutuas heridas y lastimaduras. Existen algunas otras observaciones acerca del niño de voluntad firme que pueden ser de gran ayuda para sus padres. En primer lugar, es tranquilizador para los padres el que expresen la culpa y la ansiedad que generalmente sienten. Se hallan envueltos en una lucha emocional que puede conducirlos al cansancio y a la frustración. Nadie les dijo que ser padres podía ser tan difícil, y se culpan a sí mismos por las tensiones que se suscitan. Se habían propuesto ser padres muy cariñosos y eficientes, que cada noche les leerían cuentos a sus angelitos a la hora de dormir. La diferencia entre la vida como realmente es. Es preciso que los padres sepan que el niño de voluntad firme puede ser difícil de controlar, aun cuando lo traten con mucha habilidad y dedicación. Puede ser trabajo de años el conducirlo a un punto de relativa obediencia y cooperación dentro del núcleo familiar. Mientras se esté llevando a cabo este plan de entrenamiento, es importante no caer en el pánico. No intente lograr la plena transformación de la noche a la mañana. Trate a su hijo con sincero amor y dignidad, pero exija que él obedezca las instrucciones y se someta a su liderazgo. Escoja con cuidado cuáles son las áreas donde vale la pena enfrentarse, acepte su desafío en estos aspectos y obtenga una victoria contundente. Recompense cada acción positiva de cooperación con atención, cariño y elogios. Luego, tómese dos aspirinas y llámeme a la mañana siguiente.Pero el consejo más importante que puedo darles a los padres de un niño rebelde e independiente, es que deben comenzar a moldear su voluntad durante los primeros años de su vida. Sinceramente creo, aunque resulta difícil probar mi suposición, que el niño rebelde tiene más posibilidades de desarrollar una conducta antisocial en su vida de adulto. Está más dispuesto a desafiar a las maestras en la escuela, a cuestionar los valores que le han sido transmitidos y a levantar el puño delante de la cara de aquellos que quieran dirigirlo. Y debo dejar en claro que el cuadro total no es negativo. Podría ser también que el niño de voluntad firme posea mayor carácter y más alto potencial para una vida productiva que su hermanito sumiso. Sin embargo, la realización de tal potencial puede depender de un ambiente hogareño firme pero amoroso durante la infancia. Así que repito mi advertencia: comience a moldear la voluntad del niño mientras todavía es muy pequeño. Note que no estoy diciendo "quebrantar", ni "destruir" ni "anular" la voluntad. El cómo hacerlo será el tema de otro artículo.

Fuente: vidanuevaparaelmundo.org.mx