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Que nada tome su lugar. Creo que sé lo que significa tener un solo pensamiento, bien enfocado y perseverante en la oración. Durante años –seis, para ser exactos– mi oración diaria, apasionada, expectante, era para que el Señor me enviara un esposo. Desde tanto tiempo atrás como puedo acordarme, todo lo que quería era casarme y tener bebés. Disfrutaba de mi posición como secretaria en una firma de abogados. Tenía un buen pasar, muchos amigos y un lindo departamento. Pero algo me faltaba, y sabía exactamente lo que era: un esposo que me amara y una casa llena de niños para amar y criar.
Tenía una activa vida social y a los 28 años, muchos de los miembros de la familia comenzaron a presentarme distintas versiones del "Príncipe Azul". Por cierto, que yo tampoco lograba nada bueno por mí misma. De hecho, comenzaba a sentir que había encontrado a cada "Señor Equivocado" que existía en el área de mi ciudad. Sorprendentemente, no se apagaron mis anhelos, y mi constante y continua oración era: "Señor, tráeme un esposo". El ir acercándome a los 30 únicamente sirvió para intensificar el deseo. Ver que chicas más jóvenes de mi oficina se comprometían y casaban, solamente alimentaba mi obsesión por encontrar mi perfecto compañero.
Durante el comienzo de aquel año, mi madre se enfermó y le diagnosticaron cáncer en los huesos. Su madre –mi abuela– estaba en un geriátrico cerca de la casa familiar, y los domingos la visitaba a ella y a mi familia. Mi madre fue hospitalizada y comenzó la quimioterapia. Sin embargo, luego de solo tres semanas, murió. Nuestra familia entera se sintió devastada. Durante semanas todo lo que pude hacer fue simplemente tratar de funcionar. Me hice el propósito de viajar 45 minutos tres noches a la semana después del trabajo, para visitar a mi abuela, dado que ya no recibía más las visitas diarias de mamá. Mis fines de semanas aún los pasaba con mi familia, pero ahora los sábados limpiaba la casa de mi padre y lavaba la ropa de mi abuela. Los domingos traía a mi abuela a casa para pasar el día.
Un día, más o menos un mes después de la muerte de mi madre, me di cuenta de que no había orado mi acostumbrada oración desesperada por "esposo", en varias semanas. El Señor muy gentilmente habló a mi corazón y me mostró que había estado tan obsesionada, que elevé este deseo por encima de Él. Me mostró que había olvidado totalmente mi pacto con Él. No estaba orando, sino gimiendo y mendigando como una extranjera en lugar de acercarme a mi amadísimo Padre con confianza y seguridad, como la muy amada hija que era. Me recordó Mateo 6:33 "Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas".
Ese mismo día le entregué todo a Él de una forma que nunca antes lo había hecho. Desde las profundidades de mi corazón le rendí completamente esta necesidad de casarme. Le dije que si el resto de mi vida iba a consistir en trabajar y cuidar de mi abuela y de mi padre, que fuera así. Lo acepté totalmente, si era lo que el Señor deseaba para mí, iba a confiar en Él para que hiciera de mi vida exactamente lo que tenía la intención de que fuera.
Una vez que verdaderamente había rendido esto a Dios, dentro del mes siguiente, en una serie de circunstancias divinamente orquestadas, ¡encontré al hombre que se transformaría en el esposo por el que había orado durante todos esos años!
Dieciocho años y tres hermosos niños más tarde, aún me maravillo ante el amoroso Padre que celosamente guarda nuestras relaciones, y que no permitió que pusiera nada, por muy bueno que pareciera, delante de Él. Requirió mi rendición, mi intenso deseo y el volverlo a ubicar en el lugar correcto de mi vida, antes de que pudiera de una forma segura darme el deseo de mi corazón.
Por: Ann Musico


Fuente: vidanuevaparaelmundo.org.mx