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TESTIMONIO DE ESTEBAN HILL
Esteban Hill, en la cárcel por drogas 1975 - Esteban Hill hoy en día sirve a Dios
La oscuridad era aterradora. Dentro de mí, en medio del estado de locura y agonía en que me habían sumergido las drogas, oía una voz: “¡Todo ha terminado, Esteban!” ¿Estoy despierto, o soñando? ¿Estoy vivo o muerto? ¿Es esto realidad o alucinación?Mi cuerpo comenzó lentamente a sacudirse entre convulsiones. “¡Sí! Tiene que ser real. Voy a morir”, pensé. “Pues que muera, como tantas otras cosas en mi vida. Que venga la muerte.”Durante meses, me había estado rondando en la mente a diario el pensamiento de morir; de suicidarme. La idea de poder romper aquel terrible círculo vicioso de cárcel, confusión, odio, soledad, agonía y miseria me traía al menos algo de esperanza y consuelo. Las drogas ya no tenían nada que ofrecerme; apenas podía disipar por unos instantes aquella neblina angustiosa en que vivía. Hacía mucho tiempo que no sabía lo que era la esperanza, el amor o la amistad de alguien. Sí; por supuesto que morir sería un alivio.“Sin embargo”, pensé, “no está sucediendo como lo había planeado. Si debe ser algo pacífico, como una liberación, ¿por qué me está devorando esta horrible nube de tinieblas y dolor?”Amanecía. Mis brazos y mis piernas se sacudían salvaje y descontroladamente. No me podía levantar, ni tampoco descansar. En lugar de sentir paz, la muerte me sofocaba entre sus garras. “No puedo dejar que me suceda esto. Tengo miedo. ¿Qué me va a hacer la muerte?Lo más real en aquellos momentos era el terror. Había pasado por cuantas experiencias se pueden tener en la vida. “¿Por qué siento tanto miedo ahora?” Había algo que me envolvía en las tinieblas e insistía: “Ríndete, ríndete. Date por vencido.”Sin embargo, podía palpar su maldad: era la muerte, me quería consumir; devorar. Grité:“¡No, no!” Aunque mi cuerpo aún se agitaba en medio de una violenta agonía, una parte de mí quería morir y la otra quería vivir; mi temor me impulsaba hacia la vida y la energía. Débil, pero intensamente, comencé a luchar para vivir: ¡¡No, no quiero morir! ¡Mamá, mamá, ayúdame, por favor!”Me parecieron horas aquellos minutos que pasaron hasta que mi madre entró en la habitación. Apenas sabía que estaba allí, porque tenía la vista borrosa y seguía agitándome en medio de convulsiones.¡Hijo, hijo! Gritó llena de temor. ¿Qué te sucede? ¡Estás bañado en sudor y temblando como una hoja!Cuando me tocó en la frente, me di cuenta de que me latía el corazón de una manera salvaje. Su contacto me alivió por un instante la agitación de mi mente. Espera. Te buscaré una toalla húmeda para la frente.Esperé su regreso con el rostro bañado en lágrimas. ¿Qué me estaba sucediendo?Tengo calor, no; tengo frío...Los escalofríos hacían que mi cuerpo se agitara en medio de convulsiones mientras me sudaba copiosamente la frente. Como nunca antes en mi vida, derramaba lágrimas en abundancia que me corrían por el rostro. Mientras mi madre me cubría con una frazada y me acariciaba la frente, traté con desesperación de enfocar la vista para verla.¿Qué me está pasando, mamá? ¡Me estoy muriendo! ¡Me estoy muriendo! Gritaba una y otra vez. ¡Ayúdame, mamá! ¡Quítame el dolor! Busca alguien que me lo quite.Ni ella ni yo sabíamos cómo quitarlo. Mi madre había tratado de ponerme cómodo, pero sólo me había podido dar alivio por unos instantes. Una y otra vez, me susurraba nerviosamente: Esteban, lo siento. Lo siento. No sé qué hacer. ¡Cómo me gustaría saberlo!¡Quédate aquí; quédate conmigo! Le suplicaba.La tenebrosa nube de la muerte me estaba envolviendo de nuevo. Necesitaba hasta la última gota de mi energía para mantener la mente centrada en mi madre. La muerte cubría todos los muebles, los cuadros, las cosas de mi cuarto.Las paredes parecían hincharse y hundirse alternativamente. Era una horrible pesadilla, pero yo estaba despierto.Así seguí todo el día hasta entrada la noche. Me parecía toda una eternidad. Estaba seguro de que no resistiría mucho más. Las garras de la muerte jugaban conmigo. Durante todo aquel tiempo, seguí oyendo aquella voz maligna que me decía: “Ríndete, ríndete. No hay salida posible. Se te acabó la vida, Esteban. Ya no queda nada. Es la hora del fin. Deja que te ayude.”De pronto, la voz del destructor, que yo había llegado a identificar con la mía, y que me había dominado con su engaño durante todos aquellos años, me estaba diciendo la verdad, y la reconocí. No me estás ayudando, sino destruyéndome grité. ¡Eres el destructor!Al fin había reconocido como perversa aquella malvada voz. Sin embargo, ¿qué más daba? ¿Qué importaba que lo fuera? Seguía sin alivio; sin consuelo. Mi madre no me podía ayudar y no podía soportar la idea de que mis hermanos me vieran en una situación tan desesperada.El dolor y la agonía siguieron por días. A pesar de los esfuerzos de mi madre, temblaba y me retorcía de dolor continuamente. Aunque los días no eran mejores que las noches, que interminables fueron aquellas tres noches. Mi madre se pasaba las horas sentada junto a mí, pero la muerte tampoco se alejaba. Aquella repugnante presencia maligna me atraparía muy pronto... y para siempre.Mi mente regresó a los recuerdos de la infancia. Si hubiera reconocido aquella voz entonces... 
LAS DOS VOCES¡Esteban! - me llamó mi madre -. ¿Quieres salir a jugar con tus hermanos? - No, mamá. Gracias. Hace demasiado frío afuera - le respondí. Hacia algo de frío en Alabama aquel día de invierno, así que prefería refugiarme seguro en mi cuarto, entre mis juguetes.Con mis bloques de construcción y mi tractor de juguete, ideados para estimular mi creativa imaginación, me sentía satisfecho y feliz. “Hoy construiré un rascacielos, una oficina, un garaje, un...Sin embargo aquel día, mis maravillosas construcciones se vieron interrumpidas de pronto... Por debajo de la puerta se introducía un aroma tan suave, tan atractivo, tan poderoso, que me sentí paralizado. Dejé caer los bloques. "¿Qué huele tan bien? ¿De dónde viene ese aroma? ¡Tengo que averiguarlo!” Cuando me levanté, derrumbé sin querer el rascacielos que había construido, pero ya no importaba. Todo lo que me interesaba era descubrir de dónde venía aquel aroma.Aquel olor me controlaba por completo... Me sentía como hipnotizado por su atracción. A medida que me acercaba a la cocina, se iba haciendo más fuerte. ¡Había acertado! Allí, en la cocina, se hallaba mi madre, trabajando junto al fuego. Frente a ella, en una gran bandeja, había un par de docenas de galletas de chocolate; las más encantadoras y deliciosas que jamás había visto. Estaban recién hechas, calientes aún, y lo mejor de todo, listas para comer.Me rugía el estómago... la boca se me hacia agua. Necesitaba unas cuantas de aquellas galletas.Miré a mi madre, tan bella y amorosa como siempre. Intercambiamos una sonrisa. Entonces le dije con mucho "cariño”; - Mamá, por favor, ¿me podrías dar unas galletas? Mi madre, sonriendo aún, me contestó:- Hijo, lo siento, pero tendrás que esperar. Ya es casi la hora de cenar y te quitará el apetito.Yo me dije: "¿Cenar? ¿Qué importa? Lo que quiero es comer galletas.” Con una forzada sonrisa insistí:- Mamá, por favor. Tengo muchas ganas de comer galletas. ¿Qué te parece si tomo solamente dos?Mi madre se mantuvo firme: - Ahora no, Esteban. Te quitarían las ganas de cenar.En aquel instante, mi actitud cambió por completo. No solamente estaba hambriento; también estaba enfadado. Lo que podía satisfacer mi obsesionante deseo se hallaba a unos pocos centímetros de la nariz y de la boca. Pensé: "O las consigo ahora, cuando están recién hechas, calientes y deliciosas, o espero hasta después de la cena, cuando ya estén frías y duras. Mamá, ¿por qué me haces esto?"No era mi madre, sino mi mente. Dentro de mí se producía una batalla. Había una voz o poder que quería que actuara bien, y otra voz que quería lo contrario, y no sólo con las galletas. Esto sucedía siempre cuando mis padres querían que me acostase, cuando me pedían que sacara la basura, y en otros momentos.Uno de aquellos poderes parecía llevarme a obedecer a mis padres; el otro siempre quería que hiciese mi capricho sin importarme nada más. Ahora nuevamente estaban peleando dentro de mí.Una de las voces decía: "¡Tranquilízate! Obedece a tu madre. Regresa a tu cuarto. Ya comerás galletas después de la cena."La otra voz discutía diciendo: "Estabas muy tranquilo con tus cosas en tu cuarto cuando ese olor te trajo aquí. Tu madre tiene la culpa. Ella fue quien hizo las galletas; lo menos que puede hacer es darte unas cuantas.”Como siempre, le hice caso a la segunda voz una vez más. Ya sólo se trataba de hallar la forma de lograr mi capricho. ¿Me debía enojar y gritarle a mi madre? ¿O sería mejor gritar: "Lo que pasa es que no me quieres"? También podía robar unas cuantas galletas y comérmelas antes que mi madre me atrapara.Fue entonces cuando la segunda voz tuvo una mejor idea: “Espera a que tu madre termine su trabajo en la cocina. Cuando se vaya, entra sin que se de cuenta y te las llevas del pote en que las guarda. Todavía estarán calientes y deliciosas."Así fue. Al cabo de unos minutos mi madre se fue a su cuarto, dejando la cocina sola. Con cuidado de no hacer ruido, entré de puntillas en la cocina, arrimé una silla a la repisa, me subí y saqué un puñado de galletas del pote.¡Ajá! Había triunfado. Volví a mi cuarto, y el tesoro robado desapareció en segundos. Sentía el estómago satisfecho... pero había algo que no andaba bien. Me sentía mal por dentro. Estaba nervioso; corazón me latía apresuradamente y la conciencia me decía que había actuado mal, que era culpable. Había cedido a la voz de mi egoísmo, y no me gustaba esa sensación de culpa. Hubiera deseado que desapareciese ¿Tendría que aprender a vivir así?
NIÑO NECIO"Esteban, ¿por qué te pesas la vida molestando a tu hermana?... Por última vez, Esteban, acuéstate y duérmete... Si vuelves a hacerlo, le diré a tu padre que te castigue...”¿Qué me estaba sucediendo? Aquel niño tan feliz y satisfecho con sus juguetes y sus maravillosos padres estaba cambiando. No era intencional. La mala conducta se había convertido en lo más natural para mí.Aquella misma voz, la del egoísmo y la maldad que me había impulsado a robar las galletas del bote, me había convencido de que era mi amiga; la que debía guiarme en todo. No sabia que hacía mucho tiempo, el hombre más sabio que ha existido había declarado que aquella era la voz de la necedad, y que sólo la vara de la corrección la echaría fuera.Mis padres sí trataban de corregirme, y constantemente; pero tenían cuatro hijos, así que amenazaban más de lo que castigaban y advertían más de lo que disciplinaban. Además, aquella voz me estaba impulsando a convertirme en un firme seguidor suyo. Así que era raro que me atraparan en una travesura. Más y más yo actuaba de un modo con mis padres, de otra manera con mis hermanos, y aun de otro modo con mis amigos y compañeros de clase.¿Quien era? ¿Qué sentido tenía la vida? A medida que me apartaba de la seguridad junto a mis padres por medio de mi desobediencia, la vida se iba haciendo muy complicada para mi tierna edad. Cada día tenía que enfrentarme a más decisiones sobre cómo actuar; de quién ser amigo y de quien no, qué impresión dar ante los demás y qué pensamientos tener. Todo se había vuelto tan complicado, que cada vez me era más fácil escuchar y obedecer aquella voz malévola.¿Le debía decir a mi madre que había roto el jarrón, lo que con toda seguridad me valdría un castigo, o mentir diciendo que el perro lo había tirado al suelo y se había roto? La mentira se convirtió pronto en un hábito, aun cuando no era necesario mentir.En el colegio era fácil echarle una rápida oleada al trabajo de un compañero para copiar las respuestas del examen de matemáticas o lenguaje. Entonces, ¿para qué esforzarme y estudiar? “Hazlo de la forma más fácil”, me decía aquella voz.La voz me seguía por todas partes, hasta en la tienda a la que iba después de las clases. En un escaparate había una pistola de juguete negra, brillante, preciosa. ¿Me la querría comprar mi madre? Seguramente me diría: "Esteban, para comprarla tendrás que ahorrar del dinero que te damos semanalmente." Eso me llevaría semanas, y yo la quería en ese momento.Miré a mi alrededor. No había nadie cerca. Me sudaban las manos, y quería aquella pistola con todas mis fuerzas. Además, aquella voz me animaba: "Adelante; tómala. La tienda tiene mucho dinero."Dentro de mí había otra voz que trataba de hablar: "Esteban, sabes que eso está mal. Eso se llama robar, y te vas a meter en un problema muy serio.""Tienes que decidirte, Esteban." Una vez más, triunfó la voz de la maldad. Sintiéndome como un paranoico, saqué la pistola del escaparate y me la metí debajo de la camisa. Cuando logré salir de la tiende sin que me atrapasen, me dije: “Lo lograste de nuevo. Les ganaste otra vez. La próxima será más fácil."Así fue la vez siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Tener éxito en mis mentiras y robos sin que me atrapasen parecía aumentar en mí el deseo de hacer más fechorías. Cosas como robar en las tiendas y por las calles, quitar dinero de bolsos y carteras, mentir y hacer trampas, se convirtieron en parte de mi personalidad. Cuando tenía doce años me había puesto ya en situaciones comprometedoras y enfrentando a temores por los que mucha gente no pasa nunca en toda su vida.Aquella voz malévola se había convertido en mi guía en todas las circunstancias, hasta diciéndome: “Escúchame y nunca te atraparán.” No me imaginaba que ya estaba atrapado en su red de codicia, pecado y egoísmo. Mi vida estaba sometida a un control, pero no era el mío. ¿A dónde me llevaría aquel camino?Ya no tenía pistolas de juguete, sino reales, y cuchillos. Tenía cuantos dulces, cigarrillos y ropa. Quisiese; todas las cosas que pudiesen impresionar a mis amigos. Entonces, ¿por qué no era feliz?Nunca me detuve a pensar en quien era aquél a quien estaba haciendo caso y siguiendo. Había tomado mi rumbo y marchaba por él a toda velocidad ¿Lo podría cambiar? ¿Acaso puede un leopardo librarse de sus manchas?
UN CORAZON FRIO Y DURO“Esteban”, me llamaba mi madre. Baja un poco ese ruido. ¡Está tan alto que no puedo ni pensar!”En la radio se escuchaba a todo volumen mi canción favorita: “No puedo conseguir satisfacción”, de los RoIIing Stones. Era como sí hablasen por toda mi generación. Materialmente, lo teníamos todo. Sin embargo, nos faltaba algo y teníamos que salir a buscarlo, cada cual por su lado.La década de los sesenta fue la del descubrimiento; la de echar por la borda todo lo viejo y probar lo nuevo; buscar nuevos valores, nuevas libertades. Un adolescente era demasiado joven para comprender o evaluar la política, la moral y las consecuencias de todo aquello. En cambio, sí tenía edad suficiente para probar y experimentar.¿Cómo seria eso de sentirse eufórico con las drogas? ¿O beber hasta emborracharse? ¿O fumar marihuana basta quedar aletargado? ¿O hacer un viaje con LSD? Eran muchos los chicos mayores que hablaban de lo emocionante que era todo aquello. Hasta algunos de mis compañeros de clase alardeaban de haber probado aquellas drogas nuevas. No sabía si sólo estaban mintiendo y alardeando para “ser populares", como yo lo hacía, o si lo habían hecho de verdad.No sabía cuando, pero estaba seguro de que muy pronto me llegaría la oportunidad, y cedería. “¡Ríndete!, me decía por dentro aquella voz. “Es un mundo totalmente nuevo. ¡Todos están usando drogas! ¡No te van a hacer daño! ¡Las podrás controlar!”Tanto mis padres como mis profesores me habían advenido claramente sobre el abuso de las drogas y el alcohol, pero no habla servido de nada Entre la rebeldía de mis compañeros y la voz de mi "guía”, estaba ya “enganchado” antes de tomarme la primera cerveza o fumarme el primer cigarrillo de marihuana. La asistencia a muchos festivales multitudinarios de música rock en nuestra zona, donde veía a miles de jóvenes como yo usando drogas, me hizo creer que aquello no tenía nada de malo.En casa, mi hermano y mis hermanas se comportaban correctamente. ¿Por qué era yo el malo, la oveja negra? Llegué a creer que estaba destinado a ser el malo; que nunca “encajaría” en la familia. No conocía la verdad de que todos nacemos en pecado y egoísmo, aunque lo escondamos muy bien de los demás. Mi sensación de culpabilidad me impedía recibir el amor que aún me tenía mi familia. Detestaba estar en casa porque entonces sentía más fuerte aquella culpa; así que vivía anhelando las fiestas y callejeando con los grupos que andaban siempre buscando problemas.A los trece años fumaba tabaco y marihuana, bebía y hasta me ponía en onda con pastillas. Aquellas drogas cambiaron por completo mi manera de pensar. Descubrí que aquella botella, aquel cigarrillo de marihuana o aquella pastilla, podían erradicar la culpa, eliminar la confusión y librarme de mi soledad, aunque fuera temporalmente. No me importaba que los sentimientos producidos por aquellas drogas fuesen mentiras, siempre que pudiera conseguir más para volverme a poner en onda.
Al año siguiente me uní a un grupo de música rock, el primero de una larga serie en los años posteriores. La música era el principal medio de comunicación en nuestro estilo de vida. Éramos bulliciosos y entonábamos canciones que hablaban de libertad1 de amor, de ponerse en onda... canciones que removían en nosotros los deseos de escapar. El hecho de pertenecer a un grupo de rock le abría todo tipo de puertas nuevas a mi rebelde estilo de vida.Tocábamos en bailes de las escuelas e institutos, fiestas, clubes y reuniones privadas donde siempre abundaban las drogas y el alcohol. Me había convertido en un joven artista. Me atendían fantásticamente, ¡Qué vida! Una juerga continua, Siempre algo que hacer, lugares a donde ir, cosas nuevas que probar. Disfrutaba de los placeres del pecado.¿Terminaría aquella fiesta? ¿Acabaría aquel viaje? Esperaba que no, En los inciertos tiempos de fines de los sesenta y principios de los setenta, se viviera de día en día. A los dieciséis anos ya había experimentado con todos los tipos de drogas que se vendían por las calles. El colegio era como una neblina, un aburrimiento total. Una pérdida de tiempo. Mantenerme al nivel de mis compañeros (excepto los que estaban en la subcultura de las drogas) ya no me atraía. Hacia mucho tiempo que había perdido interés en los estudios. Los profesores que me daban un “aprobado” en su clase, para librarse de mí, eran suficientes para que yo permaneciera en el colegio. ¿Se estaban calmando las cosas? Ya estaba usando dosis mayores para ponerme en onda. La policía de mi pueblo estaba controlando la situación, de manera que era más difícil hallar drogas y se habían hecho más caras. Muchos de mis amigos comenzaron a dejar el colegio porque no podían concentrarse en los estudios. Muchos terminaron en la cárcel.Fue entonces cuando ocurrió la tragedia más grande de mis dieciséis años. Sucedió al comenzar las clases una fresca mañana de primavera. Estaba en clase cuando oí mi nombre por el altavoz de la escuela. “Esteban Hill, por favor preséntese a la oficina del director inmediatamente."¿Qué habría hecho ahora? ¿Habría descubierto la policía que vendía drogas y me iban a arrestar? Un centenar de pensamientos de culpa y temor me llenaron la mente mientras recorría lentamente el conocido camino hacia la oficinaCuando la secretaria me hizo entrar en el despacho del director, comprendí que era algo diferente. El director presentaba un aspecto totalmente distinto, Debía haber pasado algo trágico. El señor Jones me puso las manos sobre los hombros, me miró a los ojos y me dijo con suavidad: Esteban, tu padre acaba de fallecer, Tuvo un ataque al corazón anoche mientras dormía. Tu madre pensó que seguía durmiendo, pero cuando trató de despertarlo, estaba muerto, Lo siento mucho. El señor Conners, tu vecino, va a venir a recogerte. Mantuvo una mano sobre mi hombro y me siguió mirando. Me imagino que daba por supuesto que lloraría, pero no lo hice. No podía. Me había vuelto tan despegado, que no podía pensar ni sentir nada. Se había ido para siempre alguien a quien conocía, pero ¿qué importancia tenía todo aquello?Mi estancia en casa todos aquellos días que siguieron a la muerte de mi padre fue muy extraña, Muchas personas acudían a consolarnos y compartir nuestro silencio. La voz de la conciencia me remordía el corazón por vez primera en muchos meses. "Deberías estar ayudando a tu madre en su dolor. Tienes dieciséis años y deberías estar ayudando a tus hermanos.”Sin embargo, todo lo que se me ocurría decir era tan superficial, tan inmaduro... No me daba cuenta de que, aparte del despego emocional con respecto a mi familia, tres años de abuso de drogas habían detenido mi desarrollo emotivo, así que era verdaderamente superficial e inmaduro.¿La solución? Alejarme de aquellas personas que se enfrentaban sincera y abiertamente con su dolor y su angustia. Así que terminé por levantarme, subir a mi cuarto, cerrar la puerta y apartarme de la realidad.Muy pronto oí de nuevo aquella amistosa voz maligna: “No te preocupes, Esteban. Al fin y al cabo no conocías tan bien a tu Padre Además, ya estas viviendo tu propia vida. No tienes que llorar sólo porque alguien quiera que lo hagas. En realidad, las cosas no han cambiado para ti." “Lo que necesitas ahora mismo es conseguirte unas cuantas pastillas que te ayuden a pasar este tiempo. No te preocupes por los sentimientos de tu familia. Tú eres diferente de ellos. Puedes conseguir ayuda para pasar el mal rato.”Una llamada telefónica... un lugar apartado y pronto estaba en onda. La dolorosa realidad de la muerte de mi padre se había convertido en neblina. Así permanecí hasta después del funeral.Allí estaba, junto a mis parientes, mientras colocaban el cuerpo de mi padre en la tumba. El resto de mi familia y mis amigos recordaban los buenos tiempos y las cosas buenas, acercándose mas unos a los otros para llenar el vacío del que se había ido, Cuando más me necesitaban los miembros de mi familia, más separado estaba. Estaba muy lejos. Mi corazón estaba sellado, frío, convertido en piedra. Era irónico que el mismo mundo de las drogas al que había entrado para estimular mis sentimientos, ahora me había sellado de tal forma que no podía entrar en contacto ni siquiera con los sentimientos más profundos. Con todo, era yo mismo quien había escogido mi suerte.
LAS TINIEBLAS MÁS OSCURASSalomón afirma con sabiduría: “El temor de Dios es manantial de vida para apartarse de los lazos de la muerte." A lo largo de los años, mi padre había representado al menos un reflejo de la autoridad de Dios que me ataba ciertas reglas familiares. Ahora, él había desaparecido y mi madre trataba desesperadamente de poner en marcha su vida de nuevo y cuidar de sus hijos.Como le era imposible obligarme a cumplir regla alguna, me sentía libre para hacer lo que me diera la gana. En realidad, sin quererlo, me estaba ayudando en el abuso de las drogas al permitir que me quedara en su casa sin obedecer ni tener responsabilidades.La vida se volvió una pesadilla llena de altibajos. Un día tenía deseos de superarme y convertirme en un hombre útil, y al día siguiente me llevaban a rastras por los corredores del colegio rumbo a la oficina del director, totalmente destruido y con una sobredosis de drogas. Expulsado del colegio... ¡una vez mas!Mí vida carecía de rumbo. Mis conocidos se iban hundiendo en la muerte. No les podía llamar amigos, porque en realidad nos preocupábamos más por las drogas y por nuestras propias sensaciones que los unos por los otros. Muchos va habían comenzado a inyectarse con heroína Bastaba mirarlos para ver al destructor en acción. Aquello me habría debido espantar y alejar de ellos, pero no lo hizo. Sencillamente, no tenía ningún otro lugar donde ir.Si se sabe que inyectarse significa llegar a la adicción física, y que esta significa a su vez enfermedad, dolor y probablemente muerte, ¿por qué hay quienes lo hacen? Para mi seguía significando “ponerme en onda", “sentirme mas libre”, y estaba desesperado por hallar alguna onda nueva, algún nuevo significado, algo. Al final, la voz del ego me decía:”adelante. Síguelos, pero ten cuidado. Tú puedes controlar todo esto, y no te volverás drogadicto."Mientras derretía la heroína en la cuchara y la introducía en la jeringuilla, mi último resto de conciencia me advertía: “Esto va a significar tu destrucción." Demasiado tarde. La aguja ya me estaba perforando la piel. Nadie me obligaba a hacerlo. La voz maligna me había dicho: "Adelante. Pínchate." Y yo lo había hecho. Mientras la sangre del pinchazo me corría por el brazo y mi mente recorría su nebuloso camino hacia la inconciencia, mis últimos pensamientos fueron: "Esteban, te has convertido en un drogadicto de verdad. Ahora no eres nada... nada... nada..."Mi vida se convirtió en tinieblas; unas tinieblas densas llenas de olvido; mi única paz. Lo de poder controlar mi adicción sólo era un cuento. Sólo vivía para llegar al siguiente pinchazo. Conseguir la heroína exigía más dinero, lo cual significaba más delitos y más fraudes. Nos convertimos en una desesperada manada de lobos que robaba y devoraba. Ni siquiera nuestras familias se veían libres de nuestra consumidora necesidad de dinero para drogas. El ciclo de drogas, delitos, cárcel, delitos, drogas y cárcel se repetía una y otra vez. Sólo la muerte lo detendría. Primero le tocó a Manny. Una vez mas, no le había podido pagar todo lo que le debía a nuestro proveedor de heroína. Lo encontramos aquella mañana con puñaladas en el corazón. Aquello fue una lección para el resto de nosotros, pero nunca habíamos sido buenos para aprender. El siguiente fue Frankie. Seguramente olvidaría la cantidad de heroína que había puesto en la última jeringuilla. Dejó de respirar en los brazos de su novia, y se fue para siempre.Toby se destruyó a sí mismo en su coche. Iba conduciendo borracho y quedó encajado en un poste telefónico. Algo parecido le pasó a Sammy, que iba conduciendo por el lado izquierdo y encontró la muerte al chocar contra un camión.Para mi buen amigo Bobbie, aquello era ya demasiado. Nos arrestaron juntos, pero él nunca volvió a salir vivo. Se colgó en su celda.Por supuesto que mi nombre también aparecería en algún lugar de aquella lista. ¿Dónde, cuándo y cómo terminaría todo? No quería ni pensar en ello. Tenía que alejarme, correr, esconderme de la muerte, pero... ¿dónde?Sin rumbo alguno, comencé a viajar a dedo por todo el país. Aquello me aliviaba el dolor cuando escaseaban las drogas. Dondequiera que hallaba refugio, era mi hogar: en cuevas, debajo de los puentes, en el desierto y en los albergues de alguna misión. Mis compañeros eran la escoria de la vida.Todo lo que habíamos aprendido era a robar, y no había honra en hacerlo. Nos robábamos unos a otros con tanta facilidad como robábamos en una tienda un hogar o una iglesia. Cuando fracasaba todo lo demás, en una oficina de la Cruz Roja. Siempre había colas de drogadictos y alcohólicos allí para vender sangre y usar el dinero en nuestros vicios. Las enfermeras no nos miraban a los ojos mientras nos vendíamos para ponernos en onda una vez más.En aquel triste camino hacia el olvido, nos encontramos con cuanta clase de gurú religioso y filósofo se puede imaginar. En nuestro engaño y vanidad, discutíamos sin parar sobre el camino correcto en la vida. Mientras tanto, seguíamos metidos en un profundo pozo lleno de lodo y tinieblas. Estoy seguro de que tenía que haber sido algo cómico para los que oían nuestras locas disertaciones y encantamientos, que carecían de sentido para todo el mundo, con excepción de nosotros.
Salomón había advertido ya que todo hombre tiene una dirección que cree correcta en la vida. Cree esa ilusión con sinceridad. El problema, según él, se halla en que esa ilusión terminará algún día. Al final de todo, el hombre descubrirá que su forma de vida ha sido incorrecta, y la consecuencia será la muerte eterna.¿Habría alguna posibilidad de que yo descubriese la necedad de mi vida antes de que fuera demasiado tarde? ¿Querría escuchar a mi madre? No. ¿Y a mi conciencia? Tampoco. ¿Escucharía a la realidad al ver morir a tantos amigos? No.¿Qué esperanza me quedaba? Como paja seca que flota en el viento, iba a la deriva, huyendo de una muerte segura.Un día, un amigo y yo fuimos a un concierto gratuito en un gran parque de Dallas, en el estado de Tejas. Había más de cinco mil personas allí disfrutando de una música contemporánea y positiva. Sin embargo, lo que nos atrajo fue que estaban repartiendo bocadillos gratis. Todo estaba fantástico, hasta que los músicos comenzaron a darnos su mensaje. El guitarrista comenzó a hablar acerca de su vida antes de tener un encuentro personal con Jesucristo, y la comparó con su vida presente de cristiano.“Yo era un perdedor; un don nadie", dijo, “pero Jesús ha venido a mi corazón y esto me ha cambiado por completo. El me ha dado todo lo que es. Todos los días son maravillosos ahora, y además, Jesús tiene un plan para mi vida. El los ama a todos ustedes. Quiere perdonarles y darles un corazón limpio."Para mí, sólo se trataba de un gurú religioso más que trataba de convertirme a su manera de pensar. Para mi amigo, aquel guitarrista estaba proclamando la verdad. Me dijo: - Esteban, creo que voy a subir allí para hablar con aquel hombre acerca de Jesús. Quiero ser cristiano. De pronto, me sentí furioso. ¡Tonto! le grité. Si te crees toda esa basura acerca de Jesucristo, y pides perdón, toda tu vida va a estar gobernada por reglas y tonterías por el estilo. No vas a poder emborracharte, fumar, usar drogas, fornicar, maldecir ni ninguna de esas cosas. Además, lo único que les interesa a ellos es tu dinero. Mis venenosas palabras me dejaron sorprendido. ¿Por qué era tan duro tratar de proteger del cristianismo a aquel amigo? ¿A mí qué me importaba que él quisiera cambiar, dejando atrás una vida de locura? ¿Qué tenía de especial aquella cosa llamada cristianismo? Por supuesto que había probado ya prácticamente todo lo que puede hacer un ser humano en este mundo. Entonces, ¿por qué le tenía miedo a Jesucristo? ¿Por qué luchaba contra El de aquella forma?Mientras empujaba a mi compañero en la dirección contraria y nos marchábamos juntos del parque, pensaba: “¡Qué poco faltaba! Ninguna religión me va a controlar la vida con sus mentiras.”Entonces le sugerí: Vamos a ponernos en onda. Así lo hicimos. Las tinieblas volvieron a reinar con poder absoluto aquel día.
LA VERDAD SIGUE LIBERANDOLa fuerte respiración del borracho que dormía en la cama de al lado me estaba afectando los nervios. El dolor y la incomodidad que sentía en la mente y en el cuerpo por causa de mi dependencia de las drogas hacían imposible toda esperanza de conciliar el sueño. Sin embargo, lo que más me oprimía la mente en aquellos momentos era el terrible temor de tener que pelear con uno o con todos los “animales" de aquella prisión, si decidían escogerme como la próxima víctima de una violación.Puesto que la cárcel se había convertido en mi segundo hogar, había tenido que aprender rápidamente a sobrevivir a la inhumana carnicería que tiene lugar con tanta frecuencia en las cárceles. Mi sucia cabellera, larga y rubia, y mi piel clara, me convertían en una posible víctima. Por eso, si me metían en la cárcel solo, sin uno de mis amigos, siempre me esforzaba por hacer amistad con uno de los 'duros", compartiendo con él mis cigarrillos, hablando suciedades, contándole mis delitos y planeando otros más, aun cuando casi siempre aquello no pasara de ser alardes.La supervivencia en el abismo de la escoria humana se convirtió en mi forma de vida. Ya ni siquiera trataba de mentir y torcer las cosas para conseguir que el juez me soltara sin castigar mis delitos. Esto se debía en parte a que no solía recordar lo que había hecho bajo la influencia de la heroína, y qué había provocado que fuera a parar en la cárcel. Sin embargo, parece que los jueces no querían malgastar el dinero de los impuestos en mí, y solían imponerme sentencias cortas de encarcelamiento y libertad condicional.Sólo salía el tiempo suficiente para cometer más delitos, conseguir dinero, emborracharme y ponerme en onda hasta que me encerrasen de nuevo. Mi pensamiento volvía con más frecuencia a Bobbie, el que se había ahorcado en la cárcel. Quizás aquélla fuera la única salida. Aún no había cumplido los veintiún años, y mi vida estaba ya liquidada.Tenía agotada la mente y el cuerpo. El suicidio parecía cada vez más atractivo. Pensaba continuamente en la muerte y en que era la manera definitiva de escapar. Hasta que un día...Aquella inolvidable mañana del sábado 25 de octubre de 1975, el ángel de la muerte me visitó para llevarme a mi destino eterno. Durante aquellos cuatro días, desde el sábado hasta el martes, mi cuerpo se agitaba entre convulsiones mientras la densa y oscura nube de la muerte se cernía sobre mi cuarto, mi mente y mi vida.Día y noche, mi madre seguía allí, sosteniéndome la mano. Con todo, lo que me permitió sobrevivir al infierno de aquellos días y noches, fue una fuerza más grande que nosotros dos juntos. En algún momento de esa pesadilla, recibí dos revelaciones que transformaron mi vida. La primera era algo que había sabido desde niño, pero lo tenía olvidado desde hacía mucho tiempo: la voz malévola que me había dominado y guiado no era mía. Me poseía y controlaba, pero no era mía. La segunda, algo de lo que me di cuenta por primera vez. Aquella voz y aquel poder malignos eran los del destructor. Todo aquel tiempo, su verdadera intención no había sido ayudarme, sino destruirme. Ahora, ya no quería aquel poder dentro de mí. Quería quedar libre de su destrucción, pero ¿cómo? Me tenía esclavizado. Todo cuanto podía hacer era quedarme acostado y tratar de resistir; sabiendo que mi fortaleza y mi resistencia se agotaban con gran rapidez. A las 10:50 de la mañana del martes 28 de octubre, alguien tocó a la puerta. Aunque no quería ver a nadie, estaba totalmente desvalido, y necesitaba ayuda con toda urgencia. Oí que mi madre le abría la puerta a un joven. que, poco tiempo antes, se había mudado a mi pueblo y estaba tratando de entablar amistad conmigo para ayudarme.Escuché que decía: Señora Hill, ¿podría hablar con Esteban, por favor? De veras que me gustaría hablar con él.Mí madre, que estaba casi tan desesperada como yo, le respondió: No sé qué le pasa a Esteban. Está muy enfermo. Cómo me gustaría que pudiésemos ayudarlo. Quizás puedas animarlo. Mi madre abrió la puerta del cuarto para que él entrara. Entonces él me dijo: Esteban, yo sé que antes no querías saber nada de mí. Sin embargo, he venido porque estás sufriendo. Yo no te puedo ayudan pero conozco a alguien que puede. Se llama Jesús, y está aquí, con nosotros. El es mi mejor amigo, Esteban, y te quiere ayudar.Por mis mejillas comenzaron a correr como un río las lágrimas que habían permanecido reprimidas durante quince años de rebelión. Aquella presencia maligna seguía rodeándome. Mi cuerpo aún se agitaba en medio de convulsiones. Mi mente seguía embotada y confusa. Sin embargo, había llegado alguien que me ofrecía una esperanza.Con todo, no estaba dispuesto a hacer experimentos en asuntos de religión. El tendría que vencer mis dudas y mi incredulidad. Protesté: - Ni siquiera he creído en ese Jesús. Nunca le he rezado a dios alguno en toda mi vida: ¿Cómo puedo saber que ese Jesús que dices está vivo? - Esteban, vas a tener que confiar en mí me contestó -. Jesús está aquí, en este mismo cuarto, y basta que tú clames a el para que toque tu vida. No tienes que hacer una oración complicada. Dios conoce lo que hay en tu corazón. Bastará con que clames a El y le llames: “¡Jesús, Jesús!"
El sonido de aquel nombre repetido una y otra vez pareció sacar esperanza de la nada. La confusión y el terror se desvanecieron lentamente mientras miraba al techo y comenzaba a pronunciar aquel nombre: “Jesús, Jesús, Jesús, Jesús!"Una paz y una cálida sensación que nunca antes había sentido me inundaron el cuerpo. Aquel poder comenzó a fluir como un río dentro de mí, y tomó el control de todo. Yo seguí pronunciando su nombre, cada vez más alto: "¡Jesús, Jesús, Jesús!"Mientras más lo pronunciaba, mayor era mi liberación. Cesaron las convulsiones. La presencia maligna se desvaneció. Las paredes del cuarto dejaron de hincharse y hundirse y se quedaron quietas.Casi de inmediato, sentí que el cuarto se llenaba con otra presencia; esta vez, hermosa y divina. El amigo que me visitaba no tuvo que explicarme lo que había sucedido. Estaba perfectamente claro. Jesucristo me acababa de regalar una vida nueva. Me había hecho libre. ¡Libre, libre, libre, libre!Durante muchos años había vivido en una oscuridad total y esclavo del pecado. Mi culpa y mis pecados me cubrían como una pesada manta. No obstante, no hay nada demasiado grande para nuestro Señor Jesucristo. La Palabra de Dios afirma: "Si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (Isaías 1:8). Ahora yo podía dar testimonio de que aquellas palabras eran ciertas.El destructor me había tenido totalmente bajo su control, pero todo era mentira. La esperanza estaba en la verdad: valía la pena vivir; podía cambiar; podía curarme. Aquella mañana, mientras entraba la luz del amor de Dios en aquel cuarto oscuro y lleno de maldad, todas aquellas verdades surgían en mi corazón en medio de una liberación total. Era tal como Jesús lo había dicho "Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres... Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”, (Juan 8: 32; 14:6).No se trataba de una religión, ni de ir a la iglesia; ni siquiera de decidirme a ser bueno u obedecer una serie de reglas y normas. ¡Sencillamente se trataba de descubrir una relación viva con un Dios también vivo!Aquel martes por la mañana, Jesucristo realizó el mayor de los milagros. Me transformó el corazón. Se convirtió en alguien más real para mí que cualquier ser humano. Por vez primera en la vida, me había encontrado con el único Dios verdadero, y El me había liberado por completo, tal como lo había prometido: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9).¡Estaba limpio! ¡El me había perdonado! ¡Estaba vivo de nuevo! ¡La verdad me había hecho libre!NUEVA VOZ; NUEVO GUIAEl Señor me habló al corazón: “Esteban, siempre te mostraré una forma de vencer la tentación, pero tú tienes que estar dispuesto a destruir por completo toda fuente de tentación; todo lo malo que se te atraviese en el camino. Cuando destruyas las fuentes de tentación, tus pensamientos se centrarán en mí. Recuerda esta verdad y vivirás en victoria."Así fue, a medida que me iba enfrentando abiertamente con cada uno de los hábitos (como las drogas, el alcohol y la blasfemia) que habían controlado mi vida en el pasado, o bien se rompían las relaciones debido a mi firmeza a favor de Jesucristo, o bien ganaba a las personas para El. En cuestión de semanas, me había alejado de todos los vendedores o drogadictos que habían sido mis amigos. Era como si bastara la palabra “Jesús” dicha con amor y respeto para que se apartaran de mí. Cuando se sirve a Cristo es como en el fútbol: la mejor defensa de nuestra fe es un buen ataque, es decir, dar un paso al frente y testificar a favor de su nombre.Los otros malos hábitos de la mentira, el odio y la lujuria fueron desapareciendo a medida que cambiaba lo que leía, lo que decía, lo que hacia y las personas con las que compartía mi tiempo.Mi oración era: “Señor, he perdido mucho. He desperdiciado muchos años, y ahora soy como un niño pequeño. Si me vas a restaurar y reconstruir, tendrás que guiarme paso a paso, porque no sé qué debo hacer.”Así lo hizo, pero no en la forma que yo esperaba. Pocas semanas después de mi conversión sucedió algo que cambió de manera radical el curso de mi vida. Una fría noche, un sábado, a las once, oí que tocaban a la puerta. Abrí y me encontré frente a un agente local de lucha contra narcóticos. Llevaba en la mano cuatro órdenes de arresto contra mí por distintos delitos. Me puso las esposas y me llevó a la cárcel. Mi madre estaba observando mientras una vez más su hijo iba a prisión. En su mente surgió la misma pregunta que en la mía: “¿Por qué? ¿Por qué ahora, Señor? Esteban está cambiado. Es una nueva persona. Estas acusaciones por venta de drogas tienen que ver con su pasado. ¿Por qué, Señor?”La Biblia dice: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." También afirma: “Sus caminos no son nuestros caminos, y sus pensamientos no son nuestros pensamientos." Dios me estaba enseñando a confiar en El.Tuve que pasar meses en la cárcel, enjaulado como un animal, antes que comenzara a comprender los propósitos que tenía Dios. Mientras estaba encarcelado, me venía a visitar asiduamente un pastor evangélico llamado Jim Summers. Jim tenía un programa de rehabilitación para drogadictos llamado "Ministerio de Ayuda de Alabama". Por medio de conversaciones con el juez y con mi abogado, estaba haciendo un gran esfuerzo por conseguir que me enviaran a su programa en libertad condicional. Su ministerio estaba afiliado con Teen Challenge (Desafío juvenil), otro programa de rehabilitación para drogadictos. Ambos se dedicaban a orientar espiritualmente y disciplinar a jóvenes de ambos sexos en situaciones como la mía. Si todo salía bien, pasaría tres meses con el Ministerio de Ayuda y nueve en el Teen Challenge para el centro de Estados Unidos, situado en Cape Girardeau, Misuri.El corazón me latía con fuerza y me transpiraban las manos cuando me puse de pie ante el juez en espera de la sentencia. Merecía pasar años en la penitenciaría por aquel delito. El me había juzgado muchas veces ya. Siempre habla sido compasivo y me había puesto en libertad condicional. Esta vez yo estaba listo para entrar en prisión.Levantó lentamente los ojos, me miró fijamente y me dijo: Esteban Hill, lo que voy a decir va en contra de mi propia lógica, pero te sentencio a entrar en el Ministerio de Ayuda. Si no terminas con éxito el programa, pasarás años en la penitenciaria.Nunca olvidaré aquellos momentos. El Señor fue quien me abrió aquella puerta.En Teen Challenge aprendí a hacer de mi fe algo real; a vivir de verdad mi profesión de amor a Cristo y fe en El. Puse en orden mis ideas básicas sobre cosas como el bautismo en agua, el bautismo en el Espíritu Santo, y qué hacer para no limitarme a simplemente leer la Biblia, sino estudiarla y tener disciplina en mi oración.Allí fue donde aprendí que los actos exteriores o las palabras no son los que dictan qué tipo de relación tiene una persona con Dios. Había algunos que sabían todas las palabras y las costumbres religiosas, pero seguían jugando con Dios. Otros se habían arrepentido genuinamente de sus pecados y se habían acercado a Dios, pero aún no habían aprendido a cuidar debidamente de sus palabras y modales. Lo que Dios mira es el corazón, y sólo El puede darnos uno nuevo: “y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne” (Ezequiel 11:19).Dios no se contentó con darme un nuevo corazón, sino que me dio también una mente nueva. Mi mente se había convertido en una alcantarilla llena de basura, lujuria, odio, desesperación y cosas similares. Cuando Jesús me libertó, perdonó mis pecados y entró a mi corazón, me limpió de toda la suciedad que había en mi mente consciente, pero había todo un mar de basura en mi subconsciente que necesitaba limpieza y renovación también.Al principio, permitía que el diablo me persiguiera con sentimientos de condenación cada vez que aquellos pensamientos antiguos afloraban. Más tarde aprendí que podía dirigirme personalmente a Jesús para pedirle perdón y limpieza, cualquiera que fuera la hora del día o de la noche. De hecho, Dios usó aquellos pensamientos para bien, porque cada vez que surgían, me hacían acudir a Jesús en busca de perdón y amarlo más aún por la gracia que me había conseguido, sin costo alguno para mí, en el Calvario. Así aprendí que entregarme y rendirle mi corazón no serían algo instantáneo, sino un proceso continuo: “Os ruego... que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea. La buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos I2:1,2).Con todo, lo más emocionante de Teen Challenge fue aprender a ganar almas. Los cristianos evangélicos siempre me habían parecido tontos y aburridos. ¿Qué emoción puede haber en ser bueno? Entonces, por medio del poder del Espíritu Santo, descubrí que podemos pelear una guerra espiritual y tener victoria en Cristo; que “el reino de los cielos (el reino de Dios) sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mateo 11:12).Gracias a la oración, vimos a Dios realizar milagros. Hombres lisiados eran sanados; otros con diagnóstico de manía depresiva y sometidos a sedantes de por vida, eran liberados de manera sobrenatural. Pero el milagro más grande era ver a Dios ablandar ante nuestros ojos el corazón de un drogadicto endurecido en las calles... verlo arrodillado ante el Señor en medio de la calle y llorando de gozo al recibir por vez primera el perdón de Cristo. ¿Qué puede haber que sea más importante, más emocionante que cambiar del infierno al cielo el destino eterno de una vida; que ganarse un amigo para la eternidad, un alma para Jesús? ¡Este era el milagro más grande de todos! Durante días y semanas, me cautivó el gozo de ganar almas ¿Por qué no se sentían como yo todos los cristianos? ¿Por qué no estaban todos los creyentes consagrados por completo a ganar almas? ¿Acaso habría algo más importante? Si Dios podía usar un antiguo drogadicto como yo para ganar almas, estaba seguro de que podía usar a cualquiera. ¿Por qué no había más evangelistas y misioneros? Una madrugada, sentado en mi cama, meditaba sobre uno de mis textos bíblicos favoritos, Mateo 9~36, 37: “Y al ver las multi­tudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies." Fue entonces cuando hice la oración que había estado sintiendo durante días en el corazón: “Señor ¿me podrías usar para alcanzar a las almas y llevarlas a tu reino? Si quieres, consagraré mi vida y mi todo a tu servicio.”Mientras esperaba lo que mi Dios me respondería, casi sentía miedo de que me rechazara. En cambio, Dios me dio paz y tranquilidad, y me habló así al corazón: “Hijo, yo soy tu Dios. Voy a hacer en ti y por medio de ti cosas más grandes de las que te podrías imaginar, si permaneces humilde y obediente." ¿Qué me reservaría el futuro? ¡Sólo sabía que sería algo emocionante!
CONCLUSIÓNHan pasado muchos años desde la increíble mañana que viví aquel martes de octubre de 1975. Mi vida es una aventura Todos los días descubro algo nuevo sobre el amor de Dios y sus planes con respecto a mi.En abril de 1979, el Señor me bendijo dándome una esposa; una mujer que llevó una vida similar a la mía, y que también triunfó en Cristo Jesús, y comparte ahora mis sueños sobre el futuro. Jeri y yo nos conocimos en el Instituto Bíblico, un lugar ideal para pasar tiempo juntos buscando la voluntad de Dios. Desde que nos graduamos, hemos llevado el amor de Dios a miles de personas en los Estados Unidos y en otras naciones.Hemos descubierto que el mismo Jesucristo que transformó nuestra vida hace años sigue vivo hoy para salvar y sanar radicalmente en las calles de cualquier ciudad del mundo. El mismo Espíritu Santo que tocó nuestra vida puede tocar la de muchos, cualquiera que sea su edad y el lugar donde estén. El mismo amor de Dios que penetró en nuestro corazón se halla a la disposición de los infortunados en los suburbios de cualquier lugar del planeta. El mismo perdón que nosotros hemos recibido, está a la disposición de los españoles, los canadienses, los argentinos, los ingleses, los japoneses... en fin, los habitantes de cualquier país de la tierra. Amigo, la gente es la misma. En todas partes. Cambian los idiomas y las costumbres, pero el corazón es el mismo en todas las culturas. La Biblia dice que el corazón es engañosamente malvado. Sólo Dios puede cambiarlo.Permíteme unos instantes para hablarte directamente. Quizá hayas tomado este librito por curiosidad; lo has leído y te sientes conmovido por su mensaje. O quizá te lo haya dado un amigo, con la esperanza de que logres captar un destello del amor de Jesucristo. Como quiera que haya sucedido, no ha sido por error. El mensaje de estas páginas puede cambiar tu vida.¿Estás cansado? ¿Buscas la felicidad verdadera y la paz mental? ¿Puedes identificarte en algo con la angustia y la desesperación que yo he sentido en la vida?He aquí unos pasos sencillos que te llevarán al perdón y a una vida nueva. Léelos, actúa en consecuencia y permite que el amor de Cristo restaure tu vida, convirtiéndote en la persona que El quiere que seas.  jsRemote();